Run, baby, run. En Davos no sonó música, pero el discurso del presidente de Canadá tenía ritmo de huida. Entre trajes que cuestan más que un coche y discursos sobre “valores”, se nos presentó el nuevo orden económico mundial. Ese que promete humanidad, sostenibilidad y solidaridad… justo antes de subirte los impuestos, ponerte aranceles y llamarlo progreso.
Porque el problema nunca ha sido el discurso. El problema es que los valores no cotizan en bolsa, pero las decisiones sí.
El presidente canadiense rescató El poder de los impotentes. La historia del comerciante que cuelga un cartel verde en su tienda no porque crea en él, sino porque si no lo hace, desaparece. Bienvenidos a la economía moderna, donde todos fingen, nadie pregunta y el sistema sigue.
Durante años, países y empresas colgaron el cartel correcto libre comercio, cooperación, reglas comunes. No por convicción, sino por supervivencia. Davos vino a decir lo impensable... igual ya va siendo hora de retirar algunos carteles. Y claro, eso asusta más que cualquier recesión.
Resultado: mercados nerviosos, bolsas volátiles y gobiernos jugando al Risk con la economía global. Cuando los fuertes hacen lo que quieren y los débiles miran, la bolsa no invierte... tiembla.
Bolsa de Estados Unidos: volatilidad constante. Traducción: hoy euforia, mañana pánico.
Europa: crecimiento débil y miedo a una recesión elegante, de esas que no se notan hasta que miras la nómina.
Asia: corre cuando puede y se frena cuando conviene.
Rusia: economía encapsulada, jugando su propia partida.
Nada místico, si el comercio se encarece y las reglas cambian cada semana, la inversión se esconde.
El discurso canadiense fue claro, aunque incómodo:
Menos discursos y más coherencia económica.
Menos carteles verdes y más decisiones reales.
Comercio abierto, sí, pero sin trampas.
Valores que se apliquen también cuando duelen.
Davos dejó claro que vivir en la mentira sale caro. O retiramos los carteles y cambiamos las reglas de verdad, o seguiremos corriendo… pero siempre hacia el mismo sitio, pagar más por menos, con valores muy bonitos colgados en la pared.