Hubo un tiempo en el que hablar del valor emocional en una empresa era casi tan raro como ver a Recursos Humanos sonreír sin que fuera el día del café gratis.
Yo lo decía en este blog, en voz alta, en dinámicas de equipo y en cafés incómodos con directivos:
“Una empresa que no conecta emocionalmente con su gente y con su entorno está condenada a competir solo por precio.”
Pero claro, eso era antes de que todos los departamentos de marketing descubrieran que empatía es una palabra con buena conversión en redes sociales. Algo así como cuando en el mundo cripto todos descubrieron de golpe el “whitepaper”, la “comunidad” y el “largo plazo”… justo antes del rug pull.
Antes, cuando hablaba de valor emocional, me refería a eso que sucede cuando una marca te toca la fibra. Cuando el equipo siente que forma parte de algo que importa. Cuando el cliente elige con el corazón… y no con el descuento del mes o la promesa inflada de turno.
Pero ahora… ahora resulta que todas las empresas tienen propósito, Responsabilidad Social Corporativa y por supuesto, un perrito en la plantilla de Instagram.
Porque claro, en un mundo donde hasta el algoritmo quiere parecer humano, las marcas también se han apuntado al cosplay de “buenas personas”. Mucha narrativa emocional, mucho storytelling… y a veces el mismo fondo vacío que tantos proyectos milagro que hemos visto nacer y morir en internet.
Recuerdo cuando en esta web y blog hablaba de Team Building con sentido y de cómo la cultura corporativa debía construirse desde dentro, no desde un PowerPoint lleno de palabras bonitas. Lo decía aquí, por si alguien necesita un poco de memoria histórica. Y también cuando hablaba del arte como herramienta real para conectar equipos con valores auténticos, como en esta entrada.
Nada nuevo. Nada viral. Simplemente coherente.
Hoy muchas empresas siguen hablando de RSC y valor emocional, pero lo hacen desde la superficie. Con campañas con hashtags solidarios, acciones benéficas grabadas con drones y equipos que no creen en lo que hacen… pero sonríen para la foto.
Eso no es cultura.
Eso es escenografía empresarial.
Conviene repetirlo, porque parece que no quedó claro.
El valor emocional no es poner a llorar al consumidor con un anuncio bien editado.
Es conseguir que tu equipo no quiera cambiar de empresa cada lunes.
Es que tu cliente te recuerde sin que le metas una newsletter cada 48 horas.
Es que la gente hable de ti… porque siente algo real, no porque ganaste un premio a “empresa con valores”.
El branding emocional auténtico no se anuncia. Se sostiene. Igual que los proyectos que sobreviven más allá del hype.
Por eso seguimos haciendo Team Building Emocional, el de verdad. El que genera vínculo, reflexión y acción. No solo medallitas para el departamento de comunicación y al community manager.
El valor emocional no se mide por el alcance de tu última campaña de diversidad. Ya que se mide por el nivel de verdad que hay detrás de lo que haces. Y si lo que haces no emociona a nadie… quizá deberías dejar de poner música épica a tus vídeos corporativos y empezar a mirar hacia dentro.
¿Te gustaría que tu empresa dejara de actuar como si tuviera emociones… y empezara a tenerlas de verdad?
Hablemos. Sin filtros. Sin fachada.
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